¿Quién logra formar pareja estable? desigualdad y formación de parejas en España

¿Quién logra formar pareja estable? desigualdad y formación de parejas en España

Fecha: junio 2026

Héctor Cebolla Boado*

Emparejamiento, convivencia, desigualdades, nivel educativo, posición laboral, España.

Panorama Social, N.º 43 (junio 2026)

Este artículo analiza cómo las desigualdades laborales y educativas estructuran los procesos de emparejamiento y convivencia en España. A partir de datos del estudio 3501 del CIS, se construye una tipología que combina posición laboral (estable/inestable) y nivel educativo (universitario/no universitario) y se examinan tres dimensiones complementarias: la transición a la convivencia, la probabilidad de convivir en pareja por grupo de edad y el número de relaciones acumuladas a lo largo de la vida. Los resultados muestran que las desigualdades relacionales operan de forma diferenciada por sexo. Entre los hombres, la desventaja se concentra en quienes combinan precariedad laboral y bajo nivel educativo, un perfil que presenta menores probabilidades de convivencia sin mostrar menor participación en el mercado relacional. Entre las mujeres, la precariedad laboral penaliza la convivencia de manera más transversal, con independencia del nivel educativo. Las desigualdades alcanzan su máxima intensidad en la treintena, etapa en que los proyectos familiares tienden a consolidarse.


El debate demográfico español sobre la familia parece haberse articulado fundamentalmente en torno a la fecundidad. La caída del número de hijos, el retraso de la maternidad o las dificultades de conciliación han ocupado un lugar central tanto en la investigación como en el debate público. Sin embargo, en contextos de fecundidad persistentemente baja, como el de España, comienza a ganar relevancia una cuestión anterior a todas ellas, relacionada no con cuántos hijos tienen las familias, sino con quiénes consiguen formar y estabilizar una pareja. En sociedades donde la fecundidad ocurre muy mayoritariamente en el seno de relaciones estables, comprender quiénes logran emparejarse se convierte en una cuestión demográfica central.

Las recientes transformaciones del mercado laboral y de las trayectorias juveniles han alterado profundamente los procesos de emparejamiento. La expansión de la precariedad, el retraso de la emancipación residencial y la creciente diferenciación del ciclo vital por trayectorias educativas no afectan únicamente a las oportunidades económicas de los individuos, sino también a sus posibilidades de construir proyectos de vida compartidos. En distintos países occidentales se ha observado que determinadas formas de vulnerabilidad masculina reducen las oportunidades de acceso a relaciones estables y convivencia. Parte de esta bibliografía ha utilizado el término “hombres casaderos” (marriageable men) (Wilson, 1987) para describir cómo la inestabilidad económica puede erosionar el atractivo relacional de ciertos perfiles masculinos y dificultar la consolidación de sus trayectorias familiares.

En España, sin embargo, esta cuestión ha recibido una atención relativamente limitada (Esteve et al., 2012; Garrido, 2008; Martínez Pastor, 2009). La investigación sobre fecundidad, emancipación juvenil y cambio familiar es amplia, pero sabemos bastante menos sobre la forma en que las desigualdades educativas y laborales estructuran las trayectorias de pareja. Además, muchos análisis continúan tratando el emparejamiento como un proceso relativamente homogéneo, pese a que la expansión de relaciones menos institucionalizadas parece estar separando crecientemente dos dimensiones distintas de la vida relacional. Tener relaciones afectivas y sexuales no implica necesariamente lograr estabilizarlas en convivencia.

Este artículo analiza la relación entre posición laboral, educación y emparejamiento en España utilizando datos de 2025. El objetivo no es solo observar quién convive más o menos en pareja, sino distinguir entre el acceso al mercado relacional y la capacidad de consolidación de la convivencia. Para ello se examinan tres dimensiones complementarias: la transición a la convivencia, la probabilidad de convivir actualmente en pareja y el número de relaciones acumuladas a lo largo de la vida.

Los resultados muestran que la desigualdad relacional adopta formas distintas entre hombres y mujeres. El grupo que presenta mayores dificultades de emparejamiento y convivencia está formado por hombres jóvenes que combinan precariedad laboral y bajo nivel educativo. Este perfil concentra desventajas que reducen sustancialmente sus probabilidades de consolidar relaciones estables. Entre las mujeres, en cambio, la inestabilidad laboral aparece también asociada a menores probabilidades de convivencia, aunque mediante mecanismos que varían según el grupo de edad y el nivel educativo. Sin embargo, esta penalización no implica niveles de desventaja equivalentes a los observados entre los hombres con precariedad laboral y bajo nivel educativo, que constituyen el grupo más rezagado en los procesos de convivencia y estabilización de pareja. Al mismo tiempo, los datos sugieren que esos hombres no desaparecen del mercado relacional ni presentan necesariamente menos relaciones a lo largo de la vida, sino mayores dificultades para estabilizarlas en convivencia. Las desigualdades económicas y educativas no solo organizan el empleo o la fecundidad, sino también las propias posibilidades de acceso a la vida familiar.

Los cambios recientes en las trayectorias familiares en las economías avanzadas han estado marcados por el retraso de la emancipación, la prolongación de la soltería y la expansión de formas de convivencia menos institucionalizadas. En España, estas transformaciones se han interpretado habitualmente desde la perspectiva de la baja fecundidad, la precariedad juvenil o el retraso en la transición a la vida adulta. Sin embargo, cada vez resulta más evidente que parte de esas dinámicas remite a un proceso anterior y más básico, relacionado con las dificultades de acceso y estabilización en los mercados de emparejamiento (Lichter et al., 2021). La bibliografía internacional ha mostrado que las relaciones de pareja tienden a estructurarse cada vez más según desigualdades educativas y económicas (Adserà y Querin, 2025). En distintos contextos, la pérdida de estabilidad laboral masculina se ha asociado con menores probabilidades de matrimonio y convivencia, dando lugar a la idea de que algunos hombres son difícilmente emparejables (Oppenheimer et al., 1997; Raley, 1996; Kearney y Wilson, 2018). Así, determinados perfiles masculinos quedarían parcialmente desplazados de los mercados de pareja al no alcanzar los umbrales económicos y ocupacionales asociados tradicionalmente a la formación familiar. Estudios recientes han interpretado estos procesos como formas crecientes de bifurcación familiar, según las cuales las trayectorias estables de pareja y de reproducción tienden a concentrarse en los grupos más integrados socialmente (McLanahan, 2004).

No obstante, la creciente diversificación de las trayectorias afectivas obliga a matizar una visión excesivamente dicotómica, la que distingue entre tener o no tener pareja. La expansión de relaciones menos institucionalizadas sugiere que participar en el mercado relacional y lograr estabilizar una relación en convivencia son procesos cada vez más diferenciados. Una parte de los individuos puede mantener relaciones afectivas o sexuales sin conseguir consolidarlas en proyectos de convivencia duraderos. Analizar conjuntamente la convivencia y el número de relaciones acumuladas a lo largo de la vida permite captar esta posible divergencia entre acceso relacional y estabilización de pareja.

Desde esta perspectiva, el interés del caso español resulta particularmente relevante. La combinación de una precariedad laboral persistente, la emancipación tardía y una gran transformación educativa ha alterado profundamente las condiciones sociales bajo las cuales se forman las parejas. Sin embargo, todavía conocemos relativamente poco sobre cómo esas desigualdades estructuran los procesos de emparejamiento y convivencia entre los hombres y las mujeres en general y según su pertenencia a distintas categorías sociales, en particular.

El análisis utiliza datos del Estudio 3501, Relaciones sexuales y de pareja, una encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas, con trabajo de campo en enero de 2025, y basada en una muestra representativa de 3.854 residentes en España mayores de edad. La encuesta incorpora información detallada sobre trayectorias de pareja, convivencia, experiencias relacionales y características sociodemográficas de los entrevistados.

Con el objetivo de analizar cómo las desigualdades laborales y educativas estructuran el emparejamiento, se construye una tipología que combina la posición laboral y el nivel educativo. La posición laboral distingue entre situaciones estables e inestables1, mientras que el nivel educativo diferencia entre población universitaria y no universitaria. De la combinación resultan cuatro perfiles sociales: estable con estudios universitarios, estable sin estudios universitarios, inestable con estudios universitarios e inestable sin estudios universitarios.

El análisis se centra en tres dimensiones complementarias del emparejamiento. La primera es la transición a la convivencia en pareja, entendida como indicador de estabilización relacional. La segunda es la probabilidad de convivir en pareja en distintos momentos del ciclo vital. La tercera es el número de relaciones acumuladas a lo largo de la vida, utilizado como aproximación al acceso al mercado relacional. Para captar las diferencias generacionales y de ciclo vital, los resultados se presentan separadamente para tres grupos de edad: entre 18 y 29 años, entre 30 y 44 años y entre 45 y 65 años. Los análisis se estimaron mediante modelos estadísticos ponderados adecuados a cada tipo de variable dependiente2. El diseño analítico distingue deliberadamente entre acceso relacional y estabilización de la convivencia con el fin de captar dimensiones distintas del emparejamiento contemporáneo.

La transición a la convivencia muestra con claridad que las desigualdades laborales y educativas estructuran de manera distinta las trayectorias de emparejamiento de los hombres y las mujeres. El gráfico 1 presenta curvas de supervivencia estimadas mediante modelos de Cox y permite observar cómo evoluciona a lo largo de la vida la proporción de quienes todavía no han accedido a una convivencia en pareja según su posición laboral y educativa. Entre los hombres, las curvas sugieren la existencia de un umbral mínimo de estabilidad laboral y educativa para acceder a la convivencia. La desventaja no aparece de manera homogénea entre todos los perfiles vulnerables, sino que se concentra especialmente entre quienes combinan la precariedad laboral y el bajo nivel educativo.

Antes de considerar las diferencias internas entre las categorías señaladas más arriba, el gráfico 1 muestra una pauta general clara. Las mujeres, siguiendo la pauta tradicional, acceden antes y en mayor medida a la convivencia en pareja que los hombres. Esta diferencia resulta importante para interpretar los coeficientes posteriores, ya que las penalizaciones estimadas en los modelos de Cox expresan desventajas relativas respecto al grupo de referencia dentro de cada sexo y no niveles absolutos de convivencia entre hombres y mujeres.

En el caso de los hombres, las curvas muestran una separación relativamente limitada entre las categorías, salvo en el perfil de hombres con menos estabilidad laboral y sin estudios universitarios. Este grupo presenta a cualquier edad las menores probabilidades de transición a la convivencia en pareja y se distancia progresivamente del resto al aumentar la edad. Los hombres con menos estabilidad en el mercado laboral y sin estudios universitarios presentan a cualquier edad un 23 por ciento menos de probabilidad de pasar a convivir que los hombres laboralmente estables con estudios universitarios, un efecto estadísticamente significativo. En cambio, ni la precariedad por sí sola ni el bajo nivel educativo aisladamente producen diferencias estadísticamente significativas. La desigualdad masculina en el emparejamiento no parece responder, por tanto, a una vulnerabilidad simple, sino a la combinación de desventajas laborales y educativas. Es en la categoría que las combina donde emerge con más claridad el perfil de hombres “no emparejables” al que alude parte de la bibliografía internacional.

Entre las mujeres, las curvas presentan un patrón diferente y más homogéneo. La distancia respecto a las mujeres estables con estudios universitarios aparece tanto entre las universitarias precarias como entre las no universitarias precarias. Las mujeres laboralmente inestables con estudios universitarios presentan un 32 por ciento menos de probabilidad de convivir que las universitarias con posición laboral estable, mientras que entre las no universitarias la reducción alcanza el 29 por ciento. La inestabilidad laboral penaliza la convivencia de manera más transversal entre las mujeres, independientemente del nivel educativo.

Debe recordarse que esos coeficientes expresan desventajas relativas respecto al grupo de referencia de cada sexo. En términos absolutos, las mujeres mantienen niveles de convivencia superiores a los observados entre los hombres con vulnerabilidad acumulada, que constituyen el grupo más rezagado en la transición a la convivencia.

En conjunto, el gráfico 1 sugiere que el mercado de emparejamiento está fuertemente estructurado por la posición socioeconómica, aunque mediante mecanismos distintos según el sexo. Entre los hombres parece operar un umbral mínimo de estabilidad laboral y de nivel educativo para consolidar relaciones de convivencia, mientras que entre las mujeres la precariedad actúa de forma más generalizada sobre las trayectorias de pareja.

Los resultados anteriores mostraban que las desigualdades laborales y educativas producen trayectorias diferenciadas de acceso a la convivencia en pareja. Sin embargo, estas diferencias no permanecen constantes a lo largo de la vida. Analizar las probabilidades de convivencia por grupos de edad permite identificar en qué momento del ciclo vital las desigualdades relacionales son más intensas y cómo evolucionan conforme las trayectorias familiares se consolidan.

El cuadro 1 muestra las probabilidades predichas de convivir en pareja según la posición laboral, el nivel educativo, el sexo y el grupo de edad. El análisis revela que la treintena constituye el momento demográficamente más relevante del emparejamiento en España: es la etapa en que la mayor parte de los perfiles socialmente integrados ya ha consolidado una convivencia estable, lo que hace visible el rezago acumulado por los grupos más vulnerables.

Entre los 18 y los 29 años, el cuadro 1 revela un patrón de desigualdad con una marcada asimetría entre sexos, estadísticamente respaldada por el término de interacción entre la tipología laboral y el sexo (p=0,020). Entre los hombres jóvenes, el perfil más rezagado es el de quienes combinan precariedad laboral y bajo nivel educativo, con una probabilidad de convivencia del 11 por ciento, frente al 26 por ciento de los universitarios estables. Entre las mujeres, en cambio, la desventaja se concentra en el perfil opuesto: las universitarias en situación laboral inestable presentan la probabilidad más baja del grupo (9 por ciento), mientras que las mujeres no universitarias precarias alcanzan el 45 por ciento. Este cruce es llamativo: la vulnerabilidad relacional masculina se asocia a la combinación de precariedad y bajo nivel educativo, mientras que entre las mujeres jóvenes es precisamente la precariedad laboral con estudios universitarios la que aparece asociada a menores probabilidades de convivencia, un patrón compatible con estrategias de postergación entre mujeres con mayores expectativas de carrera. En cualquier caso, los intervalos de confianza en este tramo son amplios dado el tamaño muestral, y los resultados deben interpretarse con cautela.

Las desigualdades relacionales se manifiestan con especial claridad entre los 30 y los 44 años, no porque las brechas absolutas sean mayores que en la etapa anterior, sino porque en esta franja la mayor parte de los perfiles socialmente integrados ya ha consolidado una convivencia estable. Entre los hombres universitarios con posición laboral estable, cerca de siete de cada diez conviven en pareja. Los perfiles más vulnerables se quedan apreciablemente por detrás: los universitarios precarios alcanzan el 64 por ciento y los no universitarios precarios el 52 por ciento. Aunque estas diferencias no alcanzan significación estadística individual en este tramo, la magnitud de la brecha —especialmente en el caso de los hombres no universitarios precarios, con casi veinte puntos de distancia respecto a la categoría de referencia— apunta a una desventaja acumulada que el tamaño muestral no permite confirmar con precisión. La treintena es, en ese sentido, el momento en que el rezago acumulado se vuelve estructuralmente relevante: quienes no han consolidado pareja a esta edad lo tienen cada vez más difícil, y las desigualdades sociales explican una parte de ese rezago.

La comparación entre sexos muestra, además, una pauta relevante. En la franja de 30 a 44 años, la mayor parte de los grupos femeninos presentan niveles de convivencia superiores a los de sus equivalentes masculinos, con la excepción de las universitarias en situación laboral inestable, que se sitúan en el mismo nivel que sus homólogos masculinos (64 por ciento en ambos casos). La diferencia más llamativa es la de los perfiles no universitarios precarios: los hombres alcanzan el 52 por ciento frente al 71 por ciento de las mujeres. Esta diferencia entre sexos en niveles absolutos complementa el patrón observado en los modelos de supervivencia, donde la inestabilidad laboral penaliza significativamente la convivencia femenina a lo largo de la trayectoria vital, con independencia del nivel educativo.

A partir de los 45 años, las diferencias tienden a reducirse notablemente. La mayor parte de las trayectorias de pareja ya se encuentra consolidada y la posición laboral del momento pierde capacidad explicativa. Entre los hombres, el perfil no universitario precario sigue mostrando el nivel más bajo de convivencia (61 por ciento), aunque la diferencia respecto a la categoría de referencia no alcanza significación estadística. Entre las mujeres, el patrón es menos claro: las universitarias precarias presentan niveles algo inferiores a la referencia (64 frente al 71 por ciento), mientras que los perfiles no universitarios no muestran desventaja apreciable.

En conjunto, la posición laboral y educativa pierde peso explicativo en esta etapa, lo que sugiere que las desigualdades relacionales operan principalmente durante las fases activas de formación de pareja.

El análisis del número de relaciones acumuladas a lo largo de la vida permite introducir una dimensión distinta del emparejamiento y ayuda a interpretar los resultados anteriores. Mientras los modelos previos se centraban en la transición y la consolidación de la convivencia, el cuadro 2 presenta una aproximación al grado de participación en el mercado relacional basada en el número de parejas acumuladas, distinguiendo entre grupos de edad.

Los resultados muestran que las desigualdades no operan de igual manera sobre el acceso a relaciones que sobre su estabilización en convivencia. Entre los hombres de 18 a 29 años aparecen diferencias estadísticamente significativas según el perfil social. Los hombres universitarios con posición laboral inestable presentan el menor número de relaciones acumuladas (1,9), mientras que los hombres sin estudios universitarios y posición laboral estable muestran la media más alta (3,3). En esta etapa, el mercado relacional parece más sensible a la combinación de educación y estabilidad laboral de lo que cabría esperar.

La divergencia entre la participación relacional y la estabilización de pareja aparece con claridad entre los 30 y los 44 años. Los hombres con precariedad laboral y sin estudios universitarios acumulan una media de 3,3 relaciones a lo largo de la vida, una cifra muy similar a la del resto de los grupos. Como se ha visto más arriba, este perfil presenta mayores dificultades para consolidar relaciones de convivencia estable (52 por ciento), pero su media de relaciones de pareja sugiere que sus dificultades se refieren no tanto al acceso a relaciones, cuanto a su estabilización.

A partir de los 45 años, las diferencias entre los perfiles de hombres casi desaparecen. Todos presentan niveles similares de relaciones acumuladas, lo que sugiere que las desigualdades relacionales masculinas se concentran especialmente durante las etapas centrales de la formación de familias.

Entre las mujeres, el patrón es distinto y más estable a lo largo del ciclo vital. Las diferencias aparecen principalmente asociadas al nivel educativo más que a la posición laboral. Las mujeres sin estudios universitarios tienden a acumular menos relaciones que las universitarias, especialmente a partir de los 45 años, independientemente de su situación laboral. La precariedad laboral femenina parece afectar más claramente a la convivencia en pareja, mientras que el nivel educativo estructura también la intensidad de participación en el mercado relacional.

En conjunto, los resultados apuntan en una dirección teóricamente relevante: participar en el mercado relacional y lograr estabilizar relaciones de convivencia podrían ser procesos cada vez más diferenciados. Entre los hombres más vulnerables, los datos sugieren que la principal desventaja residiría menos en la ausencia de relaciones que en la dificultad para consolidarlas en convivencia estable. Entre las mujeres, las desigualdades educativas parecen afectar tanto a la convivencia como al acceso al mercado relacional. Sin embargo, las diferencias observadas son en su mayoría pequeñas y no alcanzan significación estadística, por lo que estas interpretaciones deben tomarse con cautela y entenderse como hipótesis que investigaciones futuras con mayor potencia estadística podrían contrastar con más solidez.

Los resultados muestran que las desigualdades económicas y educativas no solo estructuran las trayectorias laborales, sino también las posibilidades de formar y estabilizar relaciones de pareja. En España, el acceso a la convivencia aparece condicionado por la posición social, aunque mediante mecanismos distintos para hombres y mujeres.

Las desigualdades relacionales alcanzan su máxima intensidad en la treintena, la etapa en la que suelen consolidarse los proyectos familiares y residenciales. Entre los hombres universitarios con posición laboral estable de 30 a 44 años, cerca de siete de cada diez conviven en pareja, frente a seis de cada diez entre los universitarios precarios. Los hombres no universitarios con precariedad laboral quedan aún más rezagados, con poco más de la mitad conviviendo en pareja. Este patrón sugiere que la desventaja relacional masculina no responde a una vulnerabilidad simple, sino a la acumulación de desventajas: es la combinación de bajo nivel educativo y precariedad laboral la que produce las mayores brechas, no cada factor por separado.

Los resultados sugieren además que las dificultades de los perfiles masculinos más vulnerables no se concentran en la ausencia de relaciones. Los hombres con precariedad laboral y bajo nivel educativo acumulan un número de relaciones similar al observado en otros perfiles masculinos, aunque presenten niveles de convivencia estable más bajos. La principal desventaja parece residir, por tanto, menos en el acceso al mercado relacional que en la capacidad de transformar las relaciones en convivencia estable. Esta dificultad es visible ya desde las etapas más tempranas: entre los hombres menores de 30 años, quienes combinan precariedad laboral y bajo nivel educativo presentan la probabilidad de convivencia más baja de todo el cuadro, con apenas un 11 por ciento, frente al 26 por ciento de los universitarios estables de su misma edad. Entre las mujeres jóvenes aparece también un perfil rezagado —las universitarias en situación laboral inestable, con una probabilidad del 9 por ciento—, aunque su situación es cualitativamente distinta: cuentan con un capital educativo que previsiblemente se traducirá en mejores trayectorias laborales y relacionales una vez alcancen mayor estabilidad, lo que hace su bajo nivel de convivencia más compatible con una estrategia de postergación que con una exclusión estructural. La desventaja más preocupante en términos de acumulación de vulnerabilidades sigue siendo la de los hombres jóvenes sin estudios universitarios y en situación laboral precaria, cuyo rezago relacional temprano no cuenta con ese activo compensador. El rezago no aparece en la treintena; se acumula desde el inicio de la trayectoria relacional y se consolida conforme avanza el ciclo vital.

Debe señalarse, no obstante, una limitación interpretativa relevante. Al tratarse de datos transversales, no es posible separar con precisión efectos de ciclo vital de efectos generacionales. Las diferencias observadas entre grupos de edad pueden reflejar tanto trayectorias individuales como contextos de emparejamiento distintos según cohorte. Esta distinción es especialmente pertinente en el caso de las mujeres jóvenes: la rápida expansión educativa femenina en España ha alterado la composición de los mercados de pareja, de modo que las generaciones más jóvenes se emparejan en un contexto donde las mujeres superan a los hombres en nivel educativo. Parte de los patrones observados en el tramo 18-29 años podría reflejar ese reajuste generacional del mercado más que estrategias individuales estables a lo largo del tiempo.

En conjunto, los resultados sitúan a España dentro de dinámicas ya documentadas en otras sociedades occidentales, en las que la polarización económica y educativa estructura también las trayectorias familiares. El caso español añade evidencia a ese patrón comparado desde un contexto con rasgos propios: precariedad laboral persistente, emancipación tardía y una transformación educativa especialmente intensa en las últimas décadas. Durante décadas, el debate demográfico español se centró fundamentalmente en cuántos hijos tenían las familias. Sin embargo, en contextos de fecundidad persistentemente baja, emerge una cuestión previa y más estructural relacionada con quién consigue formar y estabilizar una pareja. Si el acceso a la convivencia depende cada vez más de determinados niveles de estabilidad económica y educativa, las desigualdades sociales podrían acabar condicionando también el propio acceso a la vida familiar.

Adserà, A., Querin, P. (2025). Gendered labor market adjustments around marital and cohabiting union transitions. Demographic Research, 53, 405–442.

Esteve, A., García-Román, J., Permanyer, I. (2012). The gender-gap reversal in education and its effect on union formation: The end of hypergamy? Population and Development Review, 38(3), 535–546.

Garrido, L. (2008). Convivencia en pareja, trabajo e inmigración al comenzar el siglo XXI. Economistas, XXVI(117), 30-43.

Kearney, M. S., Wilson, R. (2018). Male earnings, marriageable men, and nonmarital fertility: Evidence from the fracking boom. The Review of Economics and Statistics, 100(4), 678–690.

Lichter, D. T., Price, J. P., Swigert, J. M. (2021). Mismatches in the marriage market. Journal of Marriage and Family, 83(4), 1.140–1.158.

Martínez Pastor, J. I. (2009). Nupcialidad y cambio social en España. CIS.

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Wilson, W. J. (1987). The Truly Disadvantaged: The Inner City, the Underclass, and Public Policy. University of Chicago Press. 

* Consejo Superior de Investigaciones Científicas (hector.cebolla@cchs.csic.es).

1 La estabilidad laboral se operacionaliza a partir de la relación y situación laboral declarada en el momento de la encuesta. Se considera estable a quienes trabajan como asalariados fijos, autónomos o empleadores; e inestable a quienes trabajan en régimen temporal, están desempleados o realizan labores del hogar.

2 Concretamente, se emplean modelos de riesgos proporcionales de Cox para analizar la velocidad de entrada en convivencia, modelos de regresión logística ponderada con interacción entre la tipología laboral y el sexo para estimar la probabilidad de convivir en pareja por grupo de edad, y modelos de regresión binomial negativa ponderada para analizar el número de relaciones acumuladas a lo largo de la vida. Los modelos de Cox y los binomiales negativos se estiman por separado para hombres y mujeres. En los modelos logísticos, el término de interacción es estadísticamente significativo en el grupo de 18 a 29 años (p=0,020) y no significativo en los grupos de 30 a 44 (p=0,778) y 45 a 65 años (p=0,178).

3 Se excluyen del análisis jubilados, estudiantes e incapacitados, cuya posición en el mercado laboral responde a una lógica diferente al ciclo de emparejamiento activo.

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