Las familias con hijos pequeños y sus perspectivas sobre la crianza: una encuesta reciente

Las familias con hijos pequeños y sus perspectivas sobre la crianza: una encuesta reciente

Fecha: junio 2026

Dirección de Estudios Sociales, Funcas

Crianza, coste, desigualdad de género, apoyo familiar

Panorama Social, N.º 43 (junio 2026)

El artículo resume los resultados de la segunda edición de la Encuesta Funcas sobre Economía y Finanzas del Hogar, aplicada a una muestra de 1.200 madres y padres con hijos menores de doce años en España. Analiza las percepciones sobre el coste de la crianza, la organización de los cuidados, incluyendo el uso de apoyos externos, así como las expectativas de tener hijos en un contexto económico incierto. Las opiniones medias reflejan una amplia coincidencia con la idea de que criar hijos es costoso y exigente, y que los tiempos actuales son poco propicios para tenerlos. También se observan las esperables desigualdades de género: las madres se reconocen como principales cuidadoras con mayor frecuencia y asumen más renuncias laborales que los padres. El apoyo familiar externo es habitual, pero la contratación de cuidados no. En conjunto, los entrevistados desean, por término medio, más hijos de los que finalmente creen que tendrán, lo que sugiere una fecundidad parcialmente frustrada.

Pese a la creciente atención pública que recibe la caída de los nacimientos en España, la situación económica de las familias con hijos sigue ocupando un lugar mucho más discreto en el debate social. Sin embargo, resulta decisiva para comprender tanto las condiciones actuales de la crianza como las dificultades para formar y sostener proyectos familiares. Como el resto de la población, las familias con hijos han sufrido en los últimos años el encarecimiento de muchos gastos cotidianos y han experimentado mejoras salariales más bien parcas. Además, en su caso, lo anterior se combina con factores específicos de la economía de las familias con hijos. A los gastos ordinarios de cualquier hogar se añaden los asociados a la crianza, la educación y los cuidados; la necesidad de viviendas más amplias, en un contexto de crecimiento acelerado de su precio; una mayor dependencia de los ingresos salariales que en los grupos de edad que disfrutan de pensiones o de rentas acumuladas; y las dificultades de conciliación que surgen cuando los tiempos del trabajo remunerado no encajan con los de la vida familiar. Todo ello contribuye a la sensación, veraz o no, pero sí cada vez más extendida, de que formar y sostener una familia requiere hoy más recursos, más previsión y más apoyos que en generaciones anteriores.

La segunda edición de la Encuesta Funcas sobre Economía y Finanzas del Hogar, una encuesta online aplicada en abril/mayo de 2026 y cuyos resultados principales se presentan aquí, se centra en esas cuestiones1, tomando como población de referencia a las familias con hijos pequeños. Explora las percepciones, los juicios y los comportamientos de una muestra representativa de 1.200 padres o madres con hijos menores de doce años en relación con su papel como tales en el marco de una coyuntura económica incierta y desde la perspectiva de cómo podían desempeñar esas tareas generaciones anteriores. El punto de partida del análisis es la posición un tanto paradójica de una generación de padres que parece compartir el diagnóstico social sobre las dificultades actuales de tener hijos, pero, precisamente por tenerlos, lo desdicen, parcialmente, con su comportamiento. No es que la empresa de tenerlos sea fácil, pues incluso esos padres y madres creen que acabarán teniendo menos hijos que los deseados. Además de la presión económica que sufren estos hogares, tampoco parece que la crianza esté exenta de tensiones, especialmente en lo que respecta a la organización de los cuidados y al reparto de tareas entre madres y padres.

Los entrevistados han sido seleccionados por convivir con hijos menores de doce años, aunque pueden tener también hijos mayores de esa edad. La media de hijos es de 1,7 y más de la mitad de los encuestados (55 por ciento) tiene dos hijos o más. Su experiencia directa de la maternidad y la paternidad no les impide compartir mayoritariamente algunas de las ideas más extendidas acerca de las dificultades actuales para formar familias con hijos y ocuparse de su cuidado y educación. Al contrario, sus respuestas sugieren que esas dificultades no se generan solo desde fuera, reflejando un discurso ajeno o abstracto, sino también desde la propia experiencia cotidiana de quienes asumen esas responsabilidades. Se muestra a continuación comprobando cómo reaccionan a cuatro descripciones o juicios sobre la crianza que seguramente forman parte de los consensos públicos acerca de aquella.

Primero, en los medios de comunicación es habitual presentar la crianza como una gran carga económica. Los entrevistados no solo comparten esta percepción, sino que parece más intensa en ellos, pues, según su opinión media, esa carga está poco reconocida socialmente. Más de dos tercios (70 por ciento) piensan que el coste económico real de tener hijos es mucho (37 por ciento) o algo (33 por ciento) mayor que lo que suele pensar la gente, y solo un 8 por ciento piensa que es menor (gráfico 1). Esta percepción no parece apoyarse solo en una idea general o en un discurso aprendido, sino también, en parte, en la experiencia inmediata de los hogares. Así lo sugiere que un 79 por ciento de quienes afirman llegar a fin de mes con dificultad o mucha dificultad crea que el coste de los hijos es mayor que lo que suele pensar la gente, cifra que cae hasta el 62 por ciento de quienes llegan con facilidad o mucha facilidad.

Segundo, que tantos coincidan en la percepción de un coste elevado de los hijos tiene un correlato en el amplio segmento que comparte la conveniencia de una gran prudencia económica a la hora de afrontar la maternidad o la paternidad. Una mayoría muy clara, del 73 por ciento, está muy (20 por ciento) o bastante (53 por ciento) de acuerdo con la idea de tener todo bien resuelto en términos económicos antes de ponerse a tener hijos (gráfico 2).

Tercero, si los entrevistados adoptan la perspectiva de cómo van yendo las cosas en España en los últimos años, hasta un 60 por ciento piensa que son tiempos poco (37 por ciento) o muy poco (23 por ciento) propicios para tener hijos, y solo un 5 por ciento cree que son propicios, con bastantes, un 35 por ciento, adoptando una posición intermedia (gráfico 3).

La sensación de que los tiempos son poco propicios abunda más entre quienes más dificultades afrontan para llegar a fin de mes (69 por ciento) que entre quienes tienen más facilidades (52 por ciento), aunque tampoco en este segmento abunda el optimismo. Que este juicio tiene, además, que ver con la evaluación de la situación general lo sugiere el que hay más opiniones negativas (70 por ciento) entre quienes creen que la situación económica de España ha empeorado en el último año que entre quienes creen que ha mejorado (36 por ciento), la única categoría en la que las opiniones negativas son minoritarias.

Por último, a la vista del predominio de la consideración de los tiempos actuales como poco propicios para tener hijos, no extraña que, entre los entrevistados nacidos en España, casi tres cuartas partes (72 por ciento) compartan la idea de que, en tiempos de sus padres, la situación económica en España fuera mucho (41 por ciento) o algo (32 por ciento) más favorable para tener hijos que la actual (gráfico 4).

La encuesta proporciona información actualizada acerca de cómo organizan las familias el cuidado de los más pequeños. Esta organización, probablemente, lleva varias décadas cambiando, pues los patrones tradicionales han tenido que ir ajustándose a una variedad de transformaciones socioeconómicas, entre otras, la incorporación de las mujeres al mercado de trabajo y la consolidación de nuevas formas familiares (por ejemplo, las monoparentales).

A pesar de los cambios, desde el punto de vista de las madres entrevistadas, ellas siguen siendo las protagonistas del cuidado de los hijos pequeños, y son, en la pareja, quienes más sacrificios hacen en su carrera laboral por ello. Sin embargo, las respuestas de los padres les reconocen menos protagonismo en esos cuidados, describiendo un reparto más equilibrado.

En el conjunto de la muestra, un 37 por ciento afirma que es el propio entrevistado quien se ocupa principalmente de la crianza de los hijos pequeños, solo un 12 por ciento reconoce que lo hace el otro progenitor y un 51 por ciento describe una asunción de tareas a partes iguales (gráfico 5). Sin embargo, si quien responde es la madre, el protagonismo propio lo afirma una mayoría clara, del 59 por ciento, y el reparto igualitario solo lo reconoce un 37 por ciento, con un exiguo 4 por ciento que se lo otorga al otro progenitor. Si responde el padre, solo un 12 por ciento admite ser el principal protagonista, un 67 por ciento refleja un reparto igualitario y un 21 por ciento reconoce la preponderancia de la pareja. Así pues, madres y padres coinciden en que los padres (por economía del lenguaje y asumiendo que casi todos los encuestados conviven o han convivido en parejas de distinto sexo) apenas asumen las tareas de cuidado de manera principal, pero difieren en asignarse el protagonismo a ellas o ellos mismos, con la consiguiente divergencia en el reconocimiento de un reparto igualitario de tareas.

Es muy probable que la descripción que hacen las madres sea la más ajustada a la realidad, aunque no contamos con encuestas recientes de uso del tiempo en España, las más apropiadas para medir este tipo de dedicaciones. La última es de 2010 y mostraba que, comparando varones y mujeres de 16 a 65 años que vivían en pareja, un 33 por ciento de ellos dedicaba tiempo al cuidado de niños (y adultos), frente a un 45 por ciento de ellas, con una diferencia notable en el tiempo medio diario empleado en esa actividad: una hora y tres cuartos frente a casi dos horas y media2. Sin embargo, es posible que los equilibrios hayan cambiado algo en los últimos lustros, como está sucediendo en países como Estados Unidos (Binder, 2026).

No extraña que la estructura del hogar sea relevante para entender el reparto de tareas de la crianza, especialmente si diferenciamos a las familias biparentales de las monoparentales. Según los padres que encabezan hogares monoparentales son ellos quienes asumen principalmente la crianza en un 38 por ciento de los casos, bastantes más que según los padres que sí conviven en pareja (11 por ciento) (gráfico 5). A su vez, un 46 por ciento de los padres solos reconoce un reparto igualitario (68 por ciento si conviven en pareja). Según un 91 por ciento de las madres que encabezan hogares monoparentales ellas asumen principalmente la crianza, lo que sugiere que, en muchos casos, serán madres divorciadas (o su equivalente en parejas de hecho) con custodia completa y, en algunos pocos casos, que no hay un padre identificable y/o que haya reconocido a los hijos en cuestión.

También era esperable que esa división del trabajo estuviera relacionada con la situación laboral de madres y padres, aunque solo lo está moderadamente. Según las madres, si están ocupadas, se ven menos frecuentemente como las cuidadoras principales que si no lo están (53 por ciento vs. 78 por ciento), con el consiguiente menor reconocimiento del reparto igualitario (43 por ciento vs. 19 por ciento) (gráfico 5). Entre los padres que no trabajan, su protagonismo principal, tal como ellos lo reconocen, casi se duplica en comparación con los ocupados (del 11 al 21 por ciento), pero sigue siendo muy pequeño.

Como también era previsible, es más frecuente entre las madres que entre los padres el haber tenido que hacer renuncias en sus trayectorias laborales. Esto resulta especialmente evidente en términos de la duración de la jornada laboral, respecto a lo cual las diferencias entre los sexos son muy sustantivas. Un 56 por ciento de las entrevistadas afirma haber reducido en algún momento su jornada laboral como consecuencia de haber tenido hijos, circunstancia que solo admite un 19 por ciento de los varones (gráfico 6). Para un 19 por ciento de ellas la reducción supuso dejar de trabajar completamente, más allá de que en el momento de la entrevista trabajasen o no, cifra que se reduce a un exiguo 2 por ciento de los hombres.

Más llamativo es que la frecuencia de la opción de haber reducido la jornada apenas distinga a las madres que viven con su pareja de las que viven solas con sus hijos: caracteriza a un 56 por ciento de las primeras y a un 53 por ciento de las segundas.

Marca también diferencias entre madres y padres otro tipo de renuncia, el haber rechazado oportunidades laborales como consecuencia o en previsión de haber tenido hijos. Declara haberlo hecho el 49 por ciento de las entrevistadas, pero solo el 23 por ciento de los varones (gráfico 7). Este tipo de renuncia es aún más claro (68 por ciento) entre las no ocupadas, lo que sugiere que no pocas habrán dejado de trabajar o de buscar empleo de manera activa. Entre los varones que no trabajan también aumenta algo la frecuencia de ese tipo de renuncia (28 por ciento), pero sigue en niveles muy alejados de los propios de las madres.

Entre las madres difiere la situación según vivan con su pareja o encabecen hogares monoparentales. Entre las primeras, la renuncia a oportunidades laborales alcanza al 46 por ciento, pero es mayoritaria en las segundas, con un 68 por ciento. No es difícil interpretar la diferencia: el margen de maniobra laboral (y en otros aspectos de la vida) es claramente inferior si se afronta en solitario la gestión del hogar y la crianza de los hijos.

En la organización familiar de los cuidados más directos de los hijos pueden participar no solo los progenitores, sino personas ajenas a la familia nuclear. En la encuesta se ha explorado cuánto se recurre a ayudas familiares (abuelos u otros miembros de la familia extensa) y/o a contratar una ayuda no familiar.

Una amplia mayoría, del 74 por ciento, confía a algún familiar de fuera del hogar el hacerse cargo de los menores de doce años, pero solo un 27 por ciento lo hace habitualmente, con una frecuencia, al menos, semanal (gráfico 8). El recurso a alguien contratado es mucho menor, alcanzando solo al 11 por ciento de los entrevistados; y solo un 4 por ciento lo hace de manera habitual. En conjunto, un 9 por ciento combina ambos tipos de ayudas, y un 25 por ciento no hace uso de ninguna.

El recurso habitual a un familiar aumenta entre los entrevistados ocupados (30 por ciento) y es mínimo entre los inactivos, sobre todo, entre las inactivas (6 por ciento). También se asocia al tamaño del hogar, siendo máximo en los hogares con dos miembros (normalmente, madre con un hijo o una hija; 38 por ciento) y mínimo en los hogares con cinco miembros (18 por ciento), en los que es más fácil gestionar internamente la intendencia del cuidado de los pequeños. En la misma línea, el recurso es mucho mayor en los hogares monoparentales que en los biparentales.

El recurso habitual a alguien contratado para hacerse cargo de los pequeños varía de manera similar al recurso habitual a un familiar externo, pero en niveles mucho más bajos (gráfico 9). Además, es llamativo que no se observe un gradiente de ingresos, de modo que los porcentajes correspondientes al nivel más bajo y al más alto sean indistinguibles estadísticamente: 5,7 por ciento y 5,9 por ciento, respectivamente.

Es conocido el recurso de las familias españolas a alguna variante del sistema escolar o preescolar como ayuda en la crianza de los más pequeños, incluso a edades muy tempranas, algo que refleja la encuesta. Incluso entre quienes todavía no han cumplido un año, un 13 por ciento asiste a una Escuela infantil, las propias del periodo de 0 a 3 años, y entre los que tienen un año el porcentaje es mayoritario, del 64 por ciento3. A los dos años, casi todos, un 86 por ciento, asisten a ese tipo de escuela, y a los tres años está escolarizado el 97 por ciento, en una Escuela infantil (44 por ciento) o en Educación Infantil (53 por ciento).

El recurso a alguna forma de escolarización en el tramo de 0 a 3 años es amplio, pero admite cierta variación según las categorías de análisis. Curiosamente, y a pesar de algunos de los contenidos predominantes en la discusión pública sobre estos temas, el nivel de ingresos familiares no se refleja sustantivamente en esas tasas. La variación desde los hogares con ingresos mensuales superiores a los 1.500 euros hasta el nivel más alto (4.000 euros o más) es menor, moviéndose alrededor del 70/75 por ciento de escolarización (gráfico 10). Solo se aprecia una cifra algo inferior en el nivel más bajo de ingresos, pero, incluso en este, la tasa de escolarización del hijo seleccionado es del 63 por ciento. En realidad, la categoría que produce diferencias más sustantivas es la situación laboral del entrevistado, con un 75 por ciento de escolarización si está ocupado y un 50 por ciento si no lo está.

Otro de los contenidos frecuentes de la discusión pública sobre la enseñanza es el de sus costes. No se trata tanto de la enseñanza propiamente dicha, pues para la inmensa mayoría de las familias es gratuita (centros públicos) o muy barata (centros concertados), cuanto de los gastos al comienzo del curso, objeto predilecto de los programas informativos a la vuelta de las vacaciones de verano.

Para casi la mitad (46 por ciento) de los entrevistados el gasto en libros y otro material escolar al comienzo del curso actual supuso 100 euros o más, lo que incluye a un 11 por ciento que afirma que gastaron 300 euros o más (gráfico 11). El gasto medio entre los que van a escuelas infantiles es inferior al gasto medio en Educación Infantil y en Educación Primaria, ambas con distribuciones de niveles de gasto muy parecidas. Por otra parte, el gasto medio en esos materiales es mayor en los centros concertados o privados, independientemente del nivel de enseñanza. En Educación Primaria, por ejemplo, solo se superan los 300 euros en un 6 por ciento de los casos si el centro escolar del hijo seleccionado es público, mientras que ese nivel se supera en un 36 por ciento de los casos si es privado o concertado.

La gran presencia de actividades extraescolares en la vida cotidiana de niños y adolescentes constituye una de las expresiones más visibles de la intensidad de la crianza contemporánea. Por una parte, los padres intentan suplir las limitaciones de sus hijos, las de ellos mismos y/o las del sistema escolar contratando clases particulares de refuerzo o de repaso de asignaturas. Su finalidad principal, en las edades que aquí nos ocupan, es que los estudiantes aprueben las asignaturas y pasen de curso cuando les corresponde por edad; en edades mucho más avanzadas, las del Bachillerato, se le añade la finalidad de obtener las calificaciones adecuadas para optar a la carrera universitaria elegida (Rodríguez, 2025). Por otra, complementan los aprendizajes escolares con actividades extraescolares apropiadas para adquirir habilidades o destrezas en las que la escuela no suele destacar, al menos en España, tales como las deportivas o las artísticas, pero también las relacionadas con el dominio de idiomas extranjeros. Sobra decir que estas actividades extraescolares también pueden desempeñar una función, no menor, en la logística de la organización familiar de los cuidados de los menores.

Teniendo en cuenta solo a los hijos seleccionados escolarizados (incluyendo la asistencia a una Escuela infantil; son el 92 por ciento del total), su participación en clases de refuerzo o en actividades extraescolares varía claramente con la edad (gráfico 12). Obviamente, en edades muy tempranas no se recurre a las clases de refuerzo, pero a los cinco años ya las recibe un 8 por ciento, cifra que asciende hasta un máximo del 23 por ciento a los once años. En conjunto, el 12 por ciento de los menores de doce años escolarizados recibe clases de refuerzo.

El patrón por edades de las actividades extraescolares es muy diferente. Su presencia es menor en edades tempranas, pero no insignificante. En el segmento de 0 a 2 años, un 18 por ciento ya participa en extraescolares deportivas y un 10 por ciento en extraescolares de otro tipo. De hecho, en conjunto, un 25 por ciento participa en algún tipo de actividad extraescolar (gráfico 12). Esta participación asciende con la edad hasta estabilizarse, aproximadamente, a los seis años: a esa edad, un 77 por ciento participa en alguna actividad extraescolar, predominando, como a cualquier edad, las deportivas. Con todo, el patrón por edades diverge algo según el tipo de extraescolar, pues la participación en extraescolares no deportivas tiende a caer a partir de los nueve años. En total, participa en actividades extraescolares deportivas el 55 por ciento de los hijos seleccionados escolarizados, y en extraescolares de otro tipo, el 39 por ciento; en extraescolares de algún tipo lo hace el 69 por ciento. La comparación de estos porcentajes implica que no pocos participan en dos tipos de extraescolares, un 25 por ciento, cifra que alcanza un máximo del 37 por ciento a los ocho años.

El recurso a las clases de refuerzo depende, como es lógico, de que sean necesarias, lo cual se asocia con fuerza al rendimiento educativo del estudiante (Rodríguez, 2025). No lo hemos medido en la encuesta, pues no era objeto de esta, pero contamos con una variable relacionada positivamente con aquel: el nivel educativo del progenitor entrevistado. Efectivamente, cuanto mayor es su nivel educativo, menos probable es que el hijo seleccionado reciba clases de refuerzo, con una diferencia apreciable, desde el 20 por ciento en el nivel de estudios más bajo hasta el 7 por ciento entre los hijos de universitarios (gráfico 13).

Por su parte, la participación en extraescolares no sigue ese patrón; si acaso, el contrario. En realidad, la diferencia por niveles educativos la marcan las actividades extraescolares no deportivas, con una participación mínima en el nivel de estudios más bajo (28 por ciento) y máxima entre los hijos de universitarios (47 por ciento).

En la medida que el nivel de estudios y el nivel de ingresos están asociados positivamente, cabe esperar que la participación de los hijos en clases de refuerzo y/o en actividades extraescolares varíe de manera equivalente, como, efectivamente, ocurre (gráfico 14). Si acaso, quedan aún más resaltadas las diferencias en términos de las extraescolares no deportivas, con un alcance menor en el nivel más bajo de ingresos (25 por ciento) y muy notable en el nivel más alto (52 por ciento).

El último componente de la organización familiar de los cuidados considerado, también de manera exploratoria, en la encuesta es el relativo a los cuidados profesionales relacionados no con la salud en general (médicos), sino con la salud mental (psicólogo) y con el desarrollo cognitivo (atención temprana, terapia ocupacional) o del habla (logopeda).

Los entrevistados han contestado si han recurrido a un logopeda, un psicólogo o un profesional de atención temprana o terapia ocupacional en los últimos doce meses. Un 13 por ciento afirma haber usado los servicios de un logopeda, porcentaje similar al que dice haber recurrido a un psicólogo, 15 por ciento, y superior al 7 por ciento que ha recurrido a un profesional de la atención temprana. Un 74 por ciento no ha usado ninguno de esos servicios.

El recurso a profesionales de la atención temprana o la terapia ocupacional parece más frecuente en los entrevistados que encabezan hogares monoparentales: alrededor del 16 por ciento, frente a cerca del 6 por ciento en los hogares biparentales (gráfico 15).

El recurso a logopedas es algo más frecuente si el nivel de estudios de los entrevistados es bajo: 18 por ciento frente a cerca de un 10 por ciento en el resto de los niveles (gráfico 16).

El recurso al psicólogo también se asocia, inversamente, con el nivel de estudios, distinguiendo, algo, a los entrevistados en la mitad baja de los niveles de estudio (17/19 por ciento) de los de la mitad alta (11/13 por ciento) (gráfico 17). Las mayores diferencias se dan según las condiciones económicas y la estructura del hogar. Entre quienes llegan a fin de mes con dificultad o mucha dificultad, el porcentaje es el 22 por ciento, y baja al 9 por ciento de quienes lo hacen con facilidad o mucha facilidad. Las cifras son notables, rondando el 30 por ciento, en los hogares monoparentales, cayendo hasta niveles del 12/14 por ciento en los biparentales. La mayoría de los hogares monoparentales son consecuencia de un divorcio (o una separación definitiva en las parejas de hecho), lo que apunta, quizá, a la relevancia de las dificultades de adaptación a la nueva situación que experimentan los adultos que se separan y sus hijos. Es decir, aunque, obviamente, no podemos establecer una relación de causalidad, los datos sugieren que la demanda de servicios psicológicos es mayor en familias con más dificultades, de índole material y/o de índole relacional.

Vista la complejidad actual de la experiencia y la organización de los cuidados de los hijos, la sensación de que la economía no acompaña4, y el ambiente general insistiendo en lo complicado y lo arriesgado de la empresa parental, es más de valorar que no pocos, como nuestros entrevistados, todavía se animen con un proyecto de maternidad o paternidad. Esto no quiere decir que sientan que han cumplido del todo sus deseos reproductivos. Estarán más o menos satisfechos de su papel como madres y padres, pero los resultados apuntan a que habrían preferido tener más hijos.

Es llamativo que, incluso entre madres y padres relativamente recientes, y relativamente jóvenes (33 a 49 años), no pocos crean que no cumplirán del todo sus metas de fecundidad. Los entrevistados tienen 1,66 hijos por término medio, concentrándose la distribución en uno (43 por ciento) o dos (48 por ciento) hijos (cuadro 1). Creen que acabarán teniendo una media de 1,80 hijos, muy parecida a la anterior. Ello se deriva de que casi todos (87 por ciento) creen que ya no tendrán más hijos, y solo un 13 por ciento se imagina que tendrá alguno más.

Sin embargo, expresan deseos de tener o haber tenido una media de 2,21 hijos. Es decir, 0,55 más que los que tienen ahora y 0,40 más que los que creen que acabarán teniendo. Esta última cifra resulta, sobre todo, del 40 por ciento de entrevistados que creen que tendrán menos hijos que los deseados.

Para poner en contexto la distancia entre los hijos actuales de los entrevistados (media = 1,66) y los que desearían o habrían deseado tener (media = 2,21), conviene compararlos con el total de su cohorte, la de 33 a 49 años. El estudio 3506 del CIS, de marzo de 2025, permite hacerlo, grosso modo. Entonces, ese segmento de población afirmó haber tenido, como media, 1,28 hijos (recordemos que en nuestra encuesta, en principio, todos tienen hijos o, un porcentaje minúsculo, solo “tiene” los de su pareja), pero desearían tener una media de 2,12 a lo largo de la vida.

Los datos de la Segunda Encuesta Funcas sobre Economía y Finanzas del Hogar componen un retrato coherente, aunque no exento de paradojas. La imagen que emerge es la de una generación que cría en condiciones materiales que considera difíciles, que comparte mayoritariamente el diagnóstico social sobre lo exigente que resulta hoy ser padre o madre en España, y que, sin embargo, ha asumido esa tarea y la gestiona, con más o menos holgura, con los recursos que tiene a su disposición, pero que, además, habrían, de hecho, querido tener más hijos.

Los encuestados, padres y madres con hijos pequeños, suscriben mayoritariamente las ideas más extendidas sobre lo caro y exigente que resulta tener hijos en la España de hoy. Consideran que el coste real de la crianza está poco reconocido, que los tiempos actuales no son especialmente propicios para tener hijos y que la situación era más favorable en tiempos de sus propios padres. Ahora bien, esta adhesión a un diagnóstico negativo convive con el hecho de haber tenido hijos, lo que no implica que consideren fácil la experiencia de la crianza, pero sí que han estado dispuestos a emprender ese proyecto vital. Las barreras encontradas a lo largo del proceso pueden haber sido lo suficientemente intensas como para explicar que bastantes refieran una fecundidad parcialmente frustrada.

La organización de los cuidados refleja, por su parte, diferencias de género aún importantes en el reparto de responsabilidades. En coincidencia con los datos disponibles de uso del tiempo (no recientes, de todos modos), las madres se retratan en una mayoría clara como las principales cuidadoras, mientras que los padres tienden a describir un reparto más igualitario. Esta divergencia de percepciones es, por sí sola, un resultado relevante. Por otra parte, el coste laboral de la crianza lo asumen de forma desproporcionada las madres, de las que más de la mitad ha reducido en algún momento su jornada por tener hijos, frente a menos de un quinto de los padres. Las ayudas externas al núcleo familiar son muy comunes, pero no intensivas, y la contratación de cuidadores es minoritaria. El recurso a actividades extraescolares está muy generalizado, pero se encuentran diferencias importantes en función de los recursos educativos y los ingresos de los progenitores.

En conjunto, los datos sugieren que la presión económica sobre las familias con hijos en España es real, pero su intensidad varía de forma notable según el nivel de ingresos, el nivel educativo y, sobre todo, la estructura del hogar. En coincidencia con lo que ya sabemos sobre sus mayores tasas de pobreza, las familias monoparentales concentran las situaciones de mayor vulnerabilidad en prácticamente todas las dimensiones analizadas: dificultad económica, renuncia laboral, recurso a servicios psicológicos.

Los resultados invitan, en último término, a desplazar el foco del debate desde las decisiones individuales hacia las condiciones en que esas decisiones se toman. Las familias con hijos pequeños no parecen necesitar que se les recuerde la importancia de la crianza, sino que se reconozcan mejor sus costes, sus exigencias cotidianas y sus efectos sobre la organización del trabajo, los cuidados y los proyectos familiares. Si la preocupación por la natalidad quiere ir más allá del diagnóstico, deberá atender también a la experiencia de hogares que desean sostener proyectos familiares más amplios, pero que quizás con frecuencia los adaptan a un entorno que perciben como exigente.

Ajenjo Cosp, M., García Román, J. (2014). Cambios en el uso del tiempo de las parejas. ¿Estamos en el camino hacia una mayor igualdad? Revista Internacional de Sociología, 72(2), 454-476.

Binder, A. (2026). Gender convergence in couple’s time use following the COVID-19 pandemic. Manuscrito sin publicar. https://aibm.org/wp-content/uploads/2026/05/Gender-Convergence-in-Couples-Time-Use-Following-the-COVID-19-Pandemic.pdf.

Funcas, Dirección de Estudios Sociales. (2026). Criar con lo que hay: las familias con hijos pequeños y sus perspectivas sobre los cuidados y la situación económicahttps://www.funcas.es/wp-content/uploads/2026/05/260525-Encuesta-EFH_Final.pdf.

Rodríguez, J. C. (2025). La opción de las familias por la educación no formal en España 2024-2025. Fundación Europea Sociedad y Educación. 

1 Véase una exploración más detallada de estos y otros resultados de la encuesta en Funcas, Dirección de Estudios Sociales (2026). Ahí puede también consultarse una ficha técnica detallada de la encuesta.

2 Calculado sobre el total, no sobre quienes desempeñan la actividad: varones, 35 minutos; mujeres, algo más de una hora. Fuente: Ajenjo Cosp y García Román (2014).

3 Las preguntas sobre la escolarización de los menores de 12 años y sobre cuestiones vinculadas directamente con ella se refirieron solo a uno, el único en el hogar o uno seleccionado aleatoriamente si había más de uno.

4 Véase Funcas, Dirección de Estudios Sociales (2026).

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